ALBERTO BENITO MAYOR, VITICULTOR DE FUENTENEBRO II (BURGOS)

Viga de lagar en ruinas en Fuentenebro

In memoriam. Alberto Benito Mayor, viticultor de Fuentenebro, falleció hace un año. Publicamos un extracto de la conversación que mantuvimos con él recordando parte de su vida.

Autor: Cultura Líquida

El fragmento que publicamos forma parte del encuentro que Cultura Líquida mantuvo con Alberto Benito en su casa de Fuentenebro. Nació en el año 1931 y falleció a las pocas semanas de nuestra conversación.

Esta grabación forma parte de “La Memoria del Vino”, un proyecto de Cultura Líquida para la recuperación del patrimonio inmaterial de la memoria oral que muy pronto presentaremos.

Alberto Benito Mayor, viticultor de Fuentenebro

Alberto Benito Mayor, viticultor de Fuentenebro

La memoria de Alberto Benito

“En Fuentenebro no salía ni dios a vendimiar hasta que no se tocaban las campanas, esto estaba muy vigilado entonces. Robaban las uvas, tenías uvas en casa pero se las quitabas al vecino. Cuando ibas a por uvas para ti, para casa, tenías que pedir permiso y llevar unos documentos que te daba el jefe de la hermandad de labradores, y tenías que ir acompañado, o al menos, avisar al lindero. Y si te pillaban en tu viña los viñaderos, tenías que pagar también. El lindero es el vecino de la finca y el viñadero el que vigilaba. Ibas por tu línea y cogías la uvas del otro, eso no está bien, pero se hacía”.

 “Se concretaba el día que se iba a vendimiar. Entonces, ese día por la mañana, cuando estaba amaneciendo, ya estabas preparando todo hasta que tocaban las campanas, y todos en procesión con carro. El pueblo estaba rodeado de viñas y todos vendimiando, era una locura, y por las noches fiesta.”

“Eran unas fiestas extraordinarias las de la vendimia. Era una oportunidad para juntarte con los amigos, de echarte cuatro tragos, no de mosto, porque eso no te alegra y lo otro sí».

“Íbamos a descargar a los lagares, unos descargaban, otros estaban abajo donde caía el vino con una garia, con un relámpago, una garia doblada a modo de una azada para deshacer el racimo. Se separaban los rapujos, alcanzabas el golpe y el rapujo se separaba y se trillaban”

“Eran unas fiestas extraordinarias las de la vendimia. Era una oportunidad para juntarte con los amigos, de echarte cuatro tragos, no de mosto, porque eso no te alegra y lo otro sí. Se trabajaba mucho. Yo conocí una cuba de 500 cántaras, era de “las boticarias”. También las había de 300. No sé qué clase de roble sería ese. Las normales son de 100, 150 o 200 cántaros. También las había de 50, 60, 40 y los cubillos. Los niños pequeños no entraban en las bodegas. Los que entraban en la cuba a limpiar eran los que valían para limpiar porque hay que saber limpiar”.

“El vino nuevo siempre tenía una calidad superior al vino añejo porque el añejo se pasaba mucho al estar con la madre tanto tiempo. El vino nuevo tenía un color muy bravío, te lo llevaban con la condición de que a los ocho o diez días de meterlo en la cuba llena de vino no era ni agua ni vinagre. También estaban “los juliaperos” que eran corredores de vino en todas las zonas de las sierra. Había centros, a modo de bodegas, que eran los que se llevaban el dinero porque lo compraban barato y luego se lo vendían caro”.

“Había mucha diferencia entre vivir fuera, el trabajo de la industria, y el trabajo del campo, que ha sido despreciado. Va mucha diferencia, así que la gente se promocionó más para fuera que para dentro. Y además, ser agricultor no es fácil, no se hace uno agricultor tan fácil como parece porque no nacíamos todos de la nada y había que tener valor”.

“Yo creo que sí tiene futuro el vino en Fuentenebro. Esto, de la noche a la mañana, te pega un giro y te deja en blanca. ¡Eso está claro! Cualquier negocio, no sólo el vino. Todo puede cambiar, no puedes hacer cálculos en esta vida. Decir esto tiene futuro ¡claro que tiene futuro! porque yo creo que es un producto que como bebida es buena. ¡Y nada más!”.

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