ALBERTO BENITO MAYOR, VITICULTOR DE FUENTENEBRO, BURGOS

In memoriam. Alberto Benito Mayor, viticultor de Fuentenebro, falleció hace un año. Con él estuvimos conversando y recordando parte de su vida. Grabamos sus palabras, un legado sonoro que ahora compartimos. La memoria oral es patrimonio cultural colectivo. Este es nuestro pequeño homenaje a Alberto.

Autor: Cultura Líquida

En su casa de Fuentenebro, junto a su mujer Soledad y su hijo Jesús, estuvimos conversando con Alberto Benito. Queríamos que nos contara sus recuerdos y vivivencias como viticultor y elaborador de sus casi 90 años de vida en el campo; que nos hablase de su pueblo, Fuentenebro, y de sus viñas de altitud en la Ribera del Duero. Así comenzó esta historia.

“Hoyar era muy duro”

Alberto recordaba la plantación de las primeras cepas durante la II República, las condiciones de vida en aquellos años y las consecuencias de la filoxera.

“Nosotros siempre tuvimos viñas. Podíamos coger unas mil y pico cántaras. Mi padre tenía todos los meses una cuba para vender, y además, de una calidad extraordinaria porque estos cerros dan unas uvas… ¡y las siguen dando! Yo he aprendido porque iba todos los días al campo a cortar palos, a cortar las cabezas que estaban secas, a la poda… Íbamos al corte, ahora es cuando no hago nada. Aquí se pasaba, como en todos los sitios, mucha hambre. Algo sí salí de casa porque tenía un hermano en Extremadura que también cuidaba las viñas en el pueblo en el que estaba. Era un pueblo muy grande y solo había una viña que la tenía él, en Jaráiz de la Vera. Tenía una viña grande que la podaba, también tenía una fábrica y enseñaba a los obreros a podar. Y allí estuve algún rato, dos o tres temporadas. Y eso era lo único que me salvaba de no trabajar tanto aquí en el campo. Pero el trabajo mío ha sido siempre el campo, de día y de noche. Cuando vinieron los tractores, eso fue una bendición, pero también trabajábamos de sol a sol”. 

“Nosotros teníamos dos o tres lagares, uno en casa y otros que eran compartidos. Estaban los otros dos lagares, de “las boticarias”, que ahora son vivienda de una hija mía. Aquí, cada casa tiene dos o tres bodegas subterráneas. La nuestra tiene dos bodegas, una por la parte derecha y otra por la parte izquierda, que después nosotros, con un poco de ingenio, empezamos a picar aquí y allá, ¡unos aventureros!. Y las juntamos…y también invitamos a un vaso de vino.

Antes, el campo se medía por fanegas. Una fanega de tierra era la tercera parte de una hectárea, 33 áreas. Una fanega daba mucha uva porque antes se las cuidaban más y salía más uva porque era la única fuente de la que sacabas un poco de dinero para el gasto diario. Nosotros también teníamos un rebaño de ovejas y vacas, como casi todos. 

Los arrieros y el vino

“Por aquel entonces, los vinos no los conocíamos bien. Ahora el vino se elabora de otra manera, parece ser que la calidad del vino se coge con la mezcla de la madre y la fermentación. Antes era totalmente distinto, todo lo contrario, porque sacabas la flor del vino directamente de la cuba y con un peligro de la leche, pero tenías un vinazo que ahora no se ve, aunque el vino se pasaba, se quedaba sin valor. Aquí también se bendecía el vino, ¡pero esto no se dice! Yo hice una cuba de agua, ¡no! hice unas cuantas y las vendía las que mejor. Echar un poco de agua al vino en la bodega era bueno porque el vino era muy fuerte. Estaba mejor si echábamos un poco de agua porque lo refinaba. ¡Qué vino teníamos nosotros cuando hacíamos los primeros cubetes!

 

Continuará.

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